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MARGARITA DURAS : EL AMOR, EL SEXO,LA LOCURA Y LA MUERTE

Literatura

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Marguerite Duras: el amor, el sexo, la locura y la muerte

Antón Castro|21/08/2014 a las 06:00

16 abril, 2015

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La autora de ‘El amante’ o ‘El arrebato de Lol V. Stein’ habría cumplido un siglo en 2014. Escribió del amor, del dolor, de la enfermedad, de la muerte, de la locura, y de los instantes felices de la vida. Amó a varios hombres. Fue ensayista, dramaturga, guionista y una gran novelista

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Marguerite Duras (1914-1996) se bebió la escritura a tragos. Escribir era vivir y morir y resucitar a la vez. Escribir era enfrentarse a sus demonios y extirparlos para dejarlos al sol y al viento, en el corazón del papel. Escribir para ella era recordar, ahondar en los abismos de la memoria, enfrentarse al dolor y a la pérdida. Escribir era una misión, un mandato, una tentativa infinita. «Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado», dijo. Y en ese cometido, que desarrolló con energía, logró lo mejor de sí misma: edificó, sombra a sombra, desgarro a desgarro, con placer y felicidad también, un universo literario que quizá sea el más importante y el más moderno de las letras francesas del siglo XX.

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Marguerite Duras, que nació hace un siglo en Gia Dinh, cerca de Saigón, en la actual Vietnam del Sur, es una de las cinco grandes escritoras de Francia con Marguerite Yourcenar, Simone de Beauvoir, Nathalie Sarraute y Françoise Sagan. Todas muy distintas y complementarias. Y quizá, en el fondo, ninguna tan desesperada como ella. Tan radical. Tan próxima al amor, la muerte, la locura, la enfermedad y el sexo. Ella siempre consideró capital el sexo:reivindicó una y otra vez el derecho al goce, al orgasmo, al cuerpo. Menuda, levantisca, indomable, a veces fue una mujer volcán, moderna, atrabiliaria, inteligente, capaz de escribir como a navajazos, con una frase cortante y seca. Con espasmos. O fogonazos de luz contra la noche. Practicó un estilo sincopado de frase corta, rasgada e intensa, con capacidad para alertar o demoler.

Su propia vida es la materia central de sus libros y de algunas de sus películas. En su niñez fue como una vagabunda subyugada por la soledad, el lodo y la lluvia, como contó en ‘Un dique contra el Pacífico’ (1950). Su padre, profesor de matemáticas, tuvo que marcharse a Francia y moriría pronto: quería habilitar una casa para toda la familia en la villa de Duras. De ahí el nombre de su hija escritora, que tenía otros cuatro hermanos. Dos de ellos eran antagónicos: Pierre parecía el demonio y Paul fue como un ángel fugaz; tenían una relación cómplice, casi incestuosa. Marguerite diría, enigmáticamente, que con Paul había vivido el amor total.

Más tarde, no se sabe bien si estimulada por su madre, que braceaba contra la adversidad, o por los azares de la vida, conoció a su amante chino, con quien descubrió la sexualidad, la fantasía; se asomó de golpe al deseo con la ansiedad de una madurez precipitada. Para entonces ya le había dicho a su madre que quería ser escritora. Se lo dijo a los 15 años. Ese relato del amante maduro, intenso y turbador, estaría como oculto en su cabeza. O estaría ahí, apresado, larvándose con las hojas y las imágenes del recuerdo, esperando ser contado: cuando escribió la novela ‘El amante’ (1984), se vivió todo un estremecimiento literario. Marguerite Duras exponía su verdad, su fuerza, la riqueza de su trastienda personal de fábulas turbulentas. ‘El amante’ fue como una consagración: la novela la llevó al cine Jean Jacques Annaud.

Celos y desamor

Para ese momento, ya habían pasado muchas cosas en la existencia de Duras: había estado casada dos veces, con Roger Antelme, que sufrió los excesos del nazismo y ella esperó día y noche, asomada a la ventana, bebida y desvelada, su regreso. Y con Dionys Mascalo, con quien tuvo un hijo. Con ambos vivió poco tiempo, aunque aprendió mucho. También vivió una dolorosa relación con Gérard Jarlot; dada su condición de seductor, le descubrió otro acento del dolor para su corazón y su cabeza: el diablo de los celos. Ese asunto aparecerá en una de mejores novelas: ‘El arrebato de Lol V. Stein’, que habla de una mujer enamorada locamente a la que desatiende el objeto de su amor. Y se queda en un puro naufragio. Otro libro especialmente sugerente es ‘Emily L’ y con él habría que citar otros títulos como ‘Escribir’, ‘El dolor’, ‘Destruir, dice’, ‘India Song’, ‘La impudicia’, ‘El caballero sentado en el pasillo’, ‘El mal de la muerte’ o ‘El amante de la China del norte’, una ampliación de su famosa novela que redactó al enterarse de la muerte de su pasado amor.

Marguerite dirigió y escribió guiones de cine. Redactó los suyos y adaptó textos de Jorge Semprún. Su libreto más conocido es también el más onírico: el de ‘Hiroshima mon amour’ (1959), que llevó al cine Alain Resnais. Pasó por épocas terrible de alcoholismo y de autodestrucción. Intentó suicidarse en alguna ocasión. Finalmente, se cruzó en su camino el joven Yann Andrea Steiner (1952-2014), que ha muerto hace unos días. Él, homosexual, se quedó fascinado por su personalidad, por su prosa, por su indolencia, quizá por su leyenda. Le escribió durante dos (otros dicen que cinco) años, diariamente, pero apenas recibió respuesta; cuando él se dio por vencido, ella le pidió que la fuese a ver. Así lo hizo y vivieron juntos hasta la muerte de Marguerite Duras, que le rindió un homenaje de amor y ternura en ‘Ojos verdes, pelo negro’, donde narra el relato de un hombre y una mujer que se citan cada noche en un cuarto frente al mar: no hay deseo. Él la quiere a su lado para que le ayude a conjurar el miedo y para que lo salve de la muerte. Ella le dijo poco antes de morir, en 1996: «Usted no es nada sin mí».

Marguerite Duras fue extraña, inabordable, frágil y fuerte a la vez. Laure Adler, tal vez su mejor biógrafa, resumió así su existencia y su poética: «M. D. jamás dejó de ser una mujer sublevada, indignada, una apasionada de la libertad. Libertad política, pero también libertad sexual». Quizá por ello, M. D. siempre pareció auténtica, feroz y sensible, de una vitalidad desbordada que le podía conducir al desafuero y a la autoaniquilación.
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Fuente:
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Arte Secreto

Han van Meegeren, el falsificador que engañó a los nazis

ARTE SECRETO – MENTES

Por Javier García Blanco/Arte secreto

Han van Meegeren realizando su última falsificación | Crédito: Wikipedia.

No hay nada como el desprecio de la crítica y la indiferencia paterna para aguijonear la inspiración artística. Al menos, así fue en el caso del pintor holandés Han van Meegeren (1889-1947), quien crearía sus mejores obras llevado por la obsesión de demostrar a los especialistas y críticos de su época que su trabajo era tan sobresaliente como el de los grandes pintores flamencos y holandeses de siglos pasados.

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Van Meegeren nació en una familia de clase media holandesa y, pese a que su padre era un hombre de formación cultural, profesor en una escuela pública de la localidad de Deventer, nunca motivó a su hijo para que progresara en su vocación artística. Más bien al contrario. Durante su juventud, Meegeren y su talento fueron despreciados una y otra vez por su padre, empeñado en que cursara estudios de arquitectura, y abandonase sus sueños de convertirse en artista.

Pero Meegeren demostró ser tan tozudo como su progenitor y, tras formarse inicialmente con el profesor y artista Bartus Korteling –quien le transmitió su amor por los grandes maestros holandeses–, continuó sus prácticas de dibujo y pintura en Delft, a donde había acudido para estudiar la carrera de arquitectura, obligado por su padre.

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En 1913, con 24 años, obtuvo su primer éxito al recibir la Medalla de Oro de la Universidad Técnica de Delft, y un año más tarde se convirtió –ya abandonados sus estudios de arquitectura definitivamente–, en profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de La Haya, donde entró en contacto con el grupo de artistas y literatos Haagse Kunstring.

En aquellos años de juventud y éxitos Meegeren viajó por buena parte de Europa, labrándose una importante fama como retratista entre las clases altas de varias capitales europeas. Pese a su innegable talento, el holandés tenía un punto “flaco”: su pintura era demasiado clásica, y se evidenciaba su excesiva influencia de los grandes maestros. En una época en la que triunfaban las distintas corrientes de vanguardia, la obra de Meegeren resultaba excesivamente convencional para los críticos.

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Así, cuando el pintor realizó su segunda exposición, los críticos no dudaron en comentar negativamente la mayor parte de sus obras. Meegeren no encajó bien las críticas y, sin duda recordando las burlas de su padre años atrás, dedicó buena parte de sus esfuerzos en la década de los años 20 a responder airadamente a los críticos y comentaristas en numerosos artículos de la prensa especializada. Aquella postura, sin embargo, le costaría demasiado cara, pues a partir de entonces perdió todo el apoyo de los críticos.

Falsificación de Meegeren, simulando una pintura de Dirck van Baburen | Crédito: Wikipedia.El rechazo de los especialistas a su obra le llevó, como él mismo explicaría años más tarde, a cobrarse su venganza de la mejor forma que sabía: “Llevado por un estado de ansiedad y depresión debido a la escasa apreciación de mi obra, decidí, un fatídico día, vengarme de los críticos y expertos en arte haciendo algo que el mundo nunca había visto”, aseguró.

Y en efecto, lo logró. Tras mudarse al sur de Francia, Meegeren se enfrascó en una actividad febril, decidido a imitar las pinturas de los grandes maestros holandeses. Para ello adquirió lienzos auténticos del siglo XVII, creó sus propias mezclas de pigmentos siguiendo fórmulas antiguas, y experimentó una y otra vez técnicas para envejecer sus creaciones. Todo ello con la intención de crear las falsificaciones de arte más perfectas jamás realizadas.

Tras un arduo periodo de seis años, Meegeren puso a prueba sus dotes de falsificador. En 1936 entregó una de sus falsificaciones, titulada ‘La cena de Emaús’, a su amigo C. A. Boon, asegurándole que se trataba de un verdadero vermeer. A su vez, Boon entregó la pintura al experto Abraham Bredius, un anciano historiador especialista en pintura holandesa quien, tras algunas dudas, calificó la obra como auténtica.

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El falso vermeer fue adquirido por la Rembrandt Society y donado al Museo Boijmans de Róterdam –donde todavía sigue, como curiosidad–, lo que le reportó a Meegeren una abultada suma en su cuenta corriente: unos cuatro millones de dólares actuales.

A partir de ahí Meegeren inició una febril actividad como falsificador, creando obras según el estilo de Vermeer, pero también de otros pintores de la talla de Pieter de Hooch, Fran Hals o Gerard ter Boer, entre otros. Más allá de limitarse a copiar pinturas conocidas de estos artistas –cosa que también hizo–, Meegeren fue aún más lejos: inventó pinturas siguiendo el estilo de maestros como Vermeer, haciéndolas pasar por descubrimientos de una etapa desconocida del genio de Delft.

La estrategia de Meegeren tuvo éxito, pues entonces los estudios sobre Vermeer no eran tan abundantes como en la actualidad, y existían muchos puntos oscuros en su carrera. De hecho, hoy en día apenas son 35 las pinturas atribuidas sin duda al artista.

De este modo, el resabiado pintor holandés consiguió amasar una enorme fortuna –sus cuentas aumentaron a varias decenas de millones de dólares actuales–, gracias a la red de venta de falsificaciones de la que formó parte, y que estaba dirigida por un personaje llamado Theo van Wijngaarden.

‘La cena de Emaús’, de Meegeren | Crédito: Wikipedia.A comienzos de los años 40, ya de regreso en los Países Bajos y con el ejército alemán ocupando el país, Meergeren no dudó en vender una de sus falsificaciones –‘Cristo con la adultera’, también un falso vermeer– al marchante de arte nazi Alois Miedl. Éste, a su vez, se lo vendió a uno de los principales jerarcas nazis: el mariscal Hermann Göring.

Göring –que para entonces había acumulado ya una ingente colección de arte robado y expoliado a judíos de media Europa–, ansiaba tanto poseer un Vermeer que no dudó en deshacerse de 137 pinturas de su colección a cambio de ‘Cristo con la adultera’.

Cuando terminó la II Guerra Mundial, y tras conocer aquella transacción, los aliados detuvieron a Meergeren, acusándole de colaboración con los alemanes. Fue entonces, mientras estaba en prisión, cuando finalmente hábil falsificador se vio obligado a confesar el fraude, pues la pena de prisión era mucho más severa para los colaboracionistas.

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La confesión despertó tanta sorpresa y recelos que se creó un grupo de expertos para examinar concienzudamente las obras que Meergeren decía haber falsificado. Para eliminar cualquier duda, el hábil falsificador creó su última “obra maestra”, entre julio y diciembre de 1945, y a la vista de testigos: un nuevo falso vermeer, ‘Jesús entre los doctores’.

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Los expertos confirmaron finalmente las afirmaciones de Meergeren, y el tribunal lo condenó a un año de prisión. Una pena que nunca llegó a cumplir, pues un ataque al corazón le arrebató la vida en diciembre de 1947. Con su muerte, nacía la leyenda del más hábil falsificador del siglo XX…

Fuentes:

-“How to fake a Vermeer”, Time Magazine. Agosto, 2008.

-LÓPEZ, Jonathan. The Man Who Made Vermeers. Mariner Books, 2009.

-DOLNICK, Edward. The Forger’s Spell: A True Story of Vermeer, Nazis, and the Greatest Art Hoax of The 20th century. Harper, 2008.

Fuente:   http://es.noticias.yahoo.com

 

Arte Secreto

Anglada Camarasa, el pintor de la Belle Époque

Detalle de ‘Sonia de Klamery (echada)’, de Hermen Anglada Camarasa | © Museo Reina Sofía

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A los lectores menos familiarizados con el mundo del arte, seguramente el nombre de Hermen Anglada Camarasa no les sugiera gran cosa. Sin embargo, este pintor barcelonés nacido en 1871 fue uno de los artistas españoles más apreciados y exitosos en todo el mundo a comienzos de siglo XX.

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Aunque se sintió atraído por la pintura desde que era un niño –su padre era un artista amateur, amante de las acuarelas–, parte de su familia intentó impedir que siguiera una carrera artística. Por suerte, cuando cumplió los quince años su madre accedió al fin a que ingresara como alumno en la Escuela de la Llotja, donde tuvo como maestro al artista Modest Urgell.

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En aquellos primeros años su producción se mantuvo dentro de un estilo cercano al academicismo de su mentor, algo que cambiaría de forma radical tras su marcha a París en 1894. Una vez en la capital francesa, Hermen comenzó a acudir a las clases de la Académie Julian durante el día, y a la Académie Colarossi durante la noche.

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Los primeros años el joven Anglada Camarasa vivió algunos momentos de penurias económicas, a pesar de que contaba con la ayuda de un familiar que también vivía en París, pero fue entonces cuando comenzó a surgir su estilo propio.

En las clases nocturnas de la academia Colarossi conoció al artista peruano Carlos Baca-Flor, y gracias a él se adentró en los círculos artísticos más modernos de la ciudad del Sena, al mismo tiempo que descubría la deslumbrante y seductora vida nocturna de París, con sus cabarets, sus cafés y sus espectáculos.

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Desde ese instante, rodeado por simbolistas y neoimpresionistas, Hermen comenzó a realizar obras en las que retrataba con maestría las desenfrenadas noches parisinas de la Belle Époque, plagadas de mujeres sensuales –que él representó como figuras vaporosas y etéreas– y al mismo tiempo “peligrosas”, siguiendo el arquetipo de la femme fatale.

En esta época sus pinturas ya destacan por el uso de un cromatismo muy particular, similar al que empleaban los nabis, y su capacidad para recrear la atmósfera nocturna de los locales parisinos, iluminados por la luz eléctrica que había sustituido a los tradicionales faroles de gas.

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Cuando arranca el nuevo siglo, Anglada Camarasa es ya una figura respetada y admirada en el ambiente artístico parisino, cuyas obras despiertan el interés de coleccionistas como el compositor René de Castéra. Fue precisamente el músico quien le introdujo en círculos de la burguesía parisina, consiguiéndole numerosas ventas.

‘Le paon blanc’ (1904), de Anglada Camarasa | © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Sin embargo, fue a raíz de varias exposiciones –una de ellas en Barcelona–, cuando su nombre comenzó a despegar y alcanzó renombre internacional. En los primeros años del nuevo siglo, Camarasa expuso en todas las ciudades europeas de prestigio artístico: París, Londres, Roma, Bruselas, Berlín, Múnich…

Curiosamente, en medio de aquel éxito indiscutible, Hermen dio un giro de 180 grados a su carrera. Tras un viaje a Valencia en 1904, el artista catalán quedó fascinado por el folclore mediterráneo, y en especial por sus mujeres y las vestimentas tradicionales. Fue así como dejó atrás sus escenas del París nocturno, adentrándose en una nueva etapa dominada por esta nueva temática, que se caracteriza por una gran carga decorativa y un fuerte cromatismo.

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De nuevo en París, unos años más tarde se produjo otro hecho de gran importancia para la evolución de su estilo: la llegada en 1909 del ballet ruso de Diáguilev cautivó toda su atención, y sus lienzos de la época reflejan el colorido de sus vestuarios y escenografías, al tiempo que recogen el que sería otro de sus temas fetiche: la representación de la danza.

El estallido de la Primera Guerra Mundial supuso otro punto de inflexión en su carrera. Con media Europa desangrándose a causa de la contienda, y la pujanza de las nuevas vanguardias en pleno auge, su obra quedó relegada a un segundo plano en el continente, aunque no sucedió lo mismo en América.

Allí su producción atrajo el interés de Archer Huntington, fundador de la Hispanic Society de Nueva York, y valedor de la obra de otros dos artistas españoles: Sorolla y Zuloaga. Al mismo tiempo, en países como Argentina su obra también vivía un gran momento, gracias a la difusión que hicieron de la misma algunos de los alumnos sudamericanos que tuvo mientras fue profesor en la Academia Vitti de París.

‘Llegada de la romería del arroz’ | © Museo Reina Sofía

Al finalizar la Gran Guerra Hermen se estableció en Mallorca, concretamente en Port de Pollença, y allí disfrutó de unos años de retiro hasta mediados de los años 20. Para entonces sus lienzos se habían visto invadidos ya de paisajes mallorquines, aunque manteniendo su cromatismo y pinceladas características.

En aquellos años su obra volvió a vivir un repunte de interés en Estados Unidos, con exposiciones itinerantes en Nueva York, Chicago, Washington, Los Ángeles y San Francisco, y poco después –en 1930– se celebraron sendas muestras en Inglaterra, concretamente en Liverpool y Londres. Pese a todo, en la nueva década su fama comenzó a apagarse lentamente, incapaz de competir con los nuevos gustos y tendencias de vanguardia.

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Cuando estalla la Guerra Civil española Anglada Camarasa –republicano y masón– se encuentra en Barcelona, pero tras el avance y definitiva victoria de las tropas franquista se vio obligado a exiliarse en Francia. Regresó a España en 1948, y se estableció de nuevo en Port de Pollença, donde moriría en 1959. Para entonces su fama se había desvanecido en gran medida, y tuvieron que pasar varias décadas para que su figura fuera recuperada.

Fuente que utilizo:   http://es.noticias.yahoo.com